El lenguaje inclusivo no cambia la desigualdad, pero visibiliza las marcas del patriarcado.

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Hay consenso entre lingüistas, investigadores y escritores en que la utilización del lenguaje inclusivo no modificará las bases de la desigualdad porque «la lengua por sí sola no tiene posibilidad de precipitar un cambio en la realidad social y política», aunque estas intervenciones sobre la lengua operan como un disparador para debatir la matriz patriarcal que los feminismos han instalado con fuerza en la agenda social.

Emmanuel Theumer, docente de la Universidad Nacional del Litoral, considera que el avance del lenguaje inclusivo puede leerse como un punto de inflexión en las transformaciones culturales en curso porque «otorga legitimidad a un tema que es resistido e inaugura nuevas normas que invitan a ser empleadas y que pueden mostrar su potencial para denunciar la ausencia o exclusión de las mujeres o desestabilizar el binomio del género, abrir fronteras de reconocimiento para las personas trans y no binaries».

(FL)El lenguaje inclusivo trae a escena otros modos de pensar el cuerpo, de pensar ese nosotres que nos hace comunidad lingüística(A)Emmanuel Theumer, docente de la Universidad Nacional del Litoral(A)(FL)
«El lenguaje inclusivo trae a escena otros modos de pensar el cuerpo, de pensar ese nosotres que nos hace comunidad lingüística. Su primera lección es la poner a temblar las certezas con las que hemos construido nuestro propio género. La segunda, que estamos empujades a tomar un posicionamiento ante una lengua denunciada por androcéntrica y hetero-cis-sexista. No hay vuelta atrás», enfatiza a Télam.

Theumer sostiene que no se trata de una moda, en tanto este reclamo ya estaba presente en los 70 a partir de muchas autoras feministas que comenzaron a denunciar las marcas masculinas de la lengua castellana: «La polémica por un lenguaje inclusivo no se entiende en Argentina sino es al calor de los activismos sexodisidentes y feministas, especialmente tras el Ni Una Menos. Han abierto una disputa por las convenciones lingüísticas con las que nos vamos a pensar como sociedad», explica.

¿La lengua española tiene sesgo machista?

La potencia con la que reaparecen hoy los cuestionamientos al lenguaje es consecuencia de la visibilización de los reclamos al patriarcado y habilita varios interrogantes: ¿La lengua española tiene sesgo machista? ¿Contribuye a profundizar las desigualdades de género o es inocua?.

«Hoy no podemos afirmar categóricamente que el español es un idioma machista. Sin duda, en otras épocas eran los hombres los que trabajaban y las mujeres estaban en el hogar cuidando a sus hijos. Esto se reflejó naturalmente en la lengua, pero los tiempos han cambiado. No obstante, aún hay vestigios de aquellas épocas: ‘la fiscal’, ‘la juez’, ‘la médico'», explica a Télam la presidenta de la Academia Argentina de Letras, Ana María Zorrilla.

«En la Argentina, se prefiere el femenino: ‘la jueza’, ‘la médica’, pero se usa ‘la fiscal’, a pesar de que ya está registrada la palabra ‘fiscala’ Esto ocurre porque así se usó siempre, y no todos saben que el sustantivo ya tiene su femenino. En el siglo XXI, no podemos decir que la lengua contribuye a profundizar las desigualdades de género», subraya la académica.

La escritora y editora Ana Ojeda, autora de «Vikinga Bonsai» -la primera novela escrita en lenguaje inclusivo- cree que estas intervenciones sobre la lengua permiten debatir la matriz patriarcal que los feminismos han instalado con fuerza en la agenda social: «Es una herramienta muy efectiva para plantear estos temas, en efecto, porque resulta muy disruptiva para todes aquelles que no quieren pensar hasta qué punto la minorización de las mujeres es una realidad», alega.

El camino hacia borrar las desigualdades

¿Los avances que se advierten últimamente en la utilización de expresiones con género neutro como «todes» o «chiques» contribuyen a saldar la desigualdad? «Es verdad que la lengua por sí sola no tiene posibilidad de precipitar un cambio en la realidad social y política», explica a Télam el lingüista Santiago Kalinowski.

«Frecuentemente, se intenta descalificar el lenguaje inclusivo citando alguna lenguas, como el guajiro o wayúu, hablada en parte del territorio actual de Colombia y Venezuela, que, en contra de lo que pasa mayoritariamente, tienen como no marcado el femenino en lugar del masculino. Se sostiene, con razón, que eso no logra que la mujer mejore su situación», agrega.

Sin embargo, «una vez que se reconoce que la lengua no modifica la realidad como por arte de magia, también es necesario reconocer que los cambios sociales y políticos que tuvieron origen en distintas vanguardias de la historia (sean revolucionarios de Francia en el siglo XVIII, de Rusia o de Cuba en el XX, o por el voto universal en Argentina) siempre se acompañaron de herramientas discursivas con las que propagar sus ideales y crear consensos acerca de la necesidad de volver realidad ciertas transformaciones», concluye.

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