El universo de la prestigiosa Flavia Da Rin, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Aunque no se esté dentro de la sala, ya se es parte de la muestra al ver la pared que la presenta. Todo radica en el particular tono del color que sugiere “¿Quién es esa chica?”, una amplia muestra de Flavia Da Rin que puede disfrutarse desde este viernes en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Esta es la quinta exposición del Museo durante el primer semestre del año. Será la última en ese lapso. El detalle no es menor, si se repara en la importancia de Da Rin, quien expuso en Berlín, España, Singapur, Estados Unidos, París. De hecho, una de sus últimas exposiciones, previo a esta muestra, se desarrolló en dicha ciudad alemana. Desde fotografía a dibujo, porque su obra abarca múltiples áreas.

Una vez en la sala, se despliega esa extensa paleta de colores insinuada levemente en la pared que presenta la muestra. A ratos, los sectores parecen parte de un comic en el que distintos personajes recrean situaciones. Con una variante: ese personaje en esencia es uno solo al que la autora moldeó a gusto.

Es ella quien a partir de autorretratos compone una amplia variedad de seres que habitan en sus impresiones, en las que la fotografía, la pintura y el dibujo dialogan de manera digital. A tal punto, que la llevan a valorar esas relaciones como una “confusión” que le interesa generar. No queda claro si se ve una foto, un dibujo o una pintura. Eso es lo fascinante del viaje.

Entre los núcleos de la muestra, una serie que se recuerda de manera especial en la escena local, “El misterio del niño muerto”, expuesta hace once años en la galería Ruth Benzacar. Ya para aquel momento era considerada una obra fundamental en relación con la contemporaneidad del arte argentino. Acá vuelve a brilllar.

Formalmente, el interés de Flavia Da Rin por la imagen no empezó en el año 2000. Pero ese año sí se produjo un hecho particular: tuvo su primera cámara digital. Sobre ese momento recuerda que representó “la libertad de poder sacar todas las fotos que quisiera. Antes uno tenía que estar con el tema de cuántas fotos podía sacar con el rollo”.

A partir de ahí, la cámara se convirtió un medio más para capturar y representar cotidianidad y para, más adelante, captar referentes pop e históricos. Se integraron disciplinas entre capas de colores, dibujos y pintura. Sin embargo, aunque su obra guarda estrecha relación con la imagen, la artista advierte que no se siente fotógrafa sino “como una artista que trabaja con la fotografía como una herramienta”.

De aquella cámara Canon a esta extensa muestra en la que se recorren distintas series y, a su vez, intereses: la feminidad, las relaciones artísticas y cuán superfluo puede ser su celebración, hasta el culto a la imagen y la tecnología como medio para la alteración de la identidad (o recomposición pública, redes sociales mediante).

Algunas imágenes tomadas con esa primera cámara se pueden ver en esta exposición, en especial las que están dentro de una habitación. Es ahí donde se recrea parte del universo en el que creció la artista formada por maestros como Diana Aisenberg y Guillermo Kuitca. Un cuarto, una PC, muchas imágenes y distintos íconos culturales.

El recorrido sugiere, al menos en parte, una necesidad de mirarse. Al respecto, la autora reflexiona: “Creo que al comienzo sí estaba esa necesidad de mirarme, probablemente tenía que ver con la edad que tenía, a los 20 y cortos en relación con quién era y quién iba a ser. Después, al empezar con photoshop y trabajar los rasgos, me parece que la necesidad cambió a convertirme en otro”.

Profundizando, se altera la experiencia en favor de la misma: “Cuando empecé a manipular la foto, cada vez más comencé a sentir que mi trabajo era menos como un autorretrato y más como un retrato de otro que aparece”. La muestra también reúne un tramo en el que, realmente, sí son autorretratos familiares, íntimos, y la fotografía luce limpia. Hay contrastes que son aciertos. Éste es uno.

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