Escape al fin del mundo. Por Julián Alejandro Rosa. 07/05/15

Escape al fin del mundo. Morir de a poco, sin sentirlo, sin dar cuenta. Casi como un deseo que se va cumpliendo, que fluye con cada despertar. La casa en el barrio, el zaguán; los logros del laburo; los tragos amargos de un amor inesperado, que así como lo tomaba por sorpresa con la misma fugacidad y permanencia de la luz en el espacio, desaparecía dejando sólo reflejos; aromas en la atmósfera de una habitación inmortalizada en recuerdos; tratada como altar inmaculado. El rengo allí no fumaba ni usaba perfumes para resguardar la esencia misma de aquella piel. Fumar; fumaba en el balcón. Detrás de él cerraba la puerta y bancaba el viento frío de un invierno eterno, allí en el sur. Ahora fumaba, sin detenerse en señales ni destinos. Fumaba porque Juancito dormía y era tan torpe de olfato como en todo lo demás. Los ojos del rengo seguían la ruta, el camino que dividía la metáfora de la realidad. El pasado del presente. Al final del camino todo comenzaba de nuevo, los mismos errores y otra vez el camino, inútil como una resurrección. Renacer, para volver a morir. Claudicante, dijo el rengo en sus adentros, moviendo su cabeza o dejando que el mismo andar la moviera a su ritmo. Vio un cartel consumirse a su lado en un instante. El sonido del cartel destruido por el pasado lo despertó de ensoñaciones y lo ubicó en las realidades del segundo a segundo; agudizando su sentidos en el pie y el acelerador, sintió un cosquilleo trepar su espalda. Tragando saliva miró por encima del volante visualizando la aguja. Vibrando, yendo y viniendo en movimientos cortos le decía que no repetidas veces, todavía no. Haciendo foco en el todo: paisaje, montañas y camino, se movió un poco sobre si y mojándose los labios encendió la radio para despertar a Juancito. Juancito abrió los ojos y dijo: -¿Y? El rengo intentó calcular distancias y no pudo. Lo parejo y constante en formas y siluetas lo alejó de una respuesta concreta. -Todavía falta. Un suspiro y la necesidad de tirar esas palabras lo alejaron un poco de la soledad. De repente le dieron ganas de arrojarse por la ventana. Los postes de luz a su lado parecían no moverse y simulaban un ser estático. El rengo miró por el espejo para vencer la ilusión de cárcel formada por la interminable cerca de enormes faros. Se movió un poco, apretó el volante y ya no quiso ni suspirar. Giró su cabeza y vio la boca abierta de Juancito y un hilo de baba colgando de ella sin lograr caer. -Juan, el pequeño, dijo el rengo sin fuerzas. Ahora miraba un poco más allá de los postes, y ello le sirvió de ayuda. Buscaba un cartel, alguna forma cuadrada que rompiera con las redondeces del horizonte azul y blanco. El cielo y las montañas en ese momento ya eran los mismo, hasta que un metal cayó del cielo y le dio una mano “café el…”. Cuando pararon fuera de la ruta el hilo de baba seguía allí, colgando como si la gravedad no existiera en la cabina de la camioneta. -Dale, pibe. Vamos a tomar un café. Juancito bajó y el hilito de baba fue arrastrado por el viento hasta pegar contra su brazo derecho. El rengo se quedó mirando las montañas detrás del café. Sin los barrotes gigantes le parecieron más hermosas. -Acá no nos van a encontrar, rengo. El rengo no dijo nada. Escape al fin del mundo. Por Julián Alejandro Rosa. 07/05/15 ]]>

You may also like...